LEOPOLDO ALAS «CLARÍN» 
LA REGENTA:
Creación de A. Robert Lauer


Leopoldo Alas («Clarín»)
(1852-1901)


LEOPOLDO GARCÍA-ALAS Y UREÑA «CLARÍN» (1852-1901):

       Leopoldo Alas, de familia asturiana, nace en Zamora (capital de la provincia de Zamora de la Comunidad Autonómica de Castilla y León [Castilla la Vieja]) el 25 de abril de 1852.  Hasta la edad de trece años residió en León y Guadalajara, donde su padre fue gobernador civil.  La familia se trasladó a Oviedo (capital del Principado de Asturias) en 1865, ciudad donde Leopoldo hizo su bachillerato.  Estudió Derecho en Madrid entre 1871 y 1878 y obtuvo su doctorado en Derecho en junio de 1878.  Ese año ganó también oposiciones a la cátedra de Economía Política y Estadística de la Universidad de Salamanca, cátedra que el conde de Toreno, ministro de Antonio Cánovas del Castillo (conservador liberal que apoya la Restauración borbónica), no le otorgó.  Más tarde, el primer gobierno liberal de Práxedes Mateo Sagasta (Partido Liberal) le concedió la de Zaragoza (1882-1883).  Desde 1883 fue catedrático de Derecho Romano en Oviedo, donde murió el 13 de junio de 1901.  Leopoldo Alas fue de ideales republicanos; a la vez fue creado en el krausismo, el positivismo y el naturalismo.  Fue también un crítico temido.  Sus artículos periodísticos se integraron en varios libros: Solos de Clarín  (1881), La literatura en 1881 (1882), Sermón perdido (1885), Nueva campaña (1887), Mezclilla (1889), Ensayos y revistas (1892), Palique (1894), Folletos literarios (1886-1891) y Siglo pasado (1901).  Escribió también cuentos que aparecieron en varias colecciones suyas: El Señor y lo demás son cuentos (1893), Cuentos morales (1896), El gallo de Sócrates (1901) y Doctor Sutilis (1916).  Tiene varias novelas cortas: Pipá (1886), El Señor, Doña Berta, Cuervo, Superchería (1892).  Sus novelas largas son La Regenta (1884, 1885) y Su único hijo (1890).

LA REGENCIA: 1885-1902

Antonio Cánovas del Castillo (Partido Conservador)

María Cristina de Habsburgo-Lorena, Regente

Práxedes Mateo Sagasta (Partido Liberal)

       Se han establecido relaciones entre La Regenta y varias obras europeas como Madame Bovary (1856) de Gustave Flaubert, La faute de l’abbé Mouret (1875) y La conquête de Plassans (1874) de Émile Zola, O crime do padre Amaro (1875) y O primo Basilio (1878) de Eça de Queiroz, Tormento (1884) de Benito Pérez Galdós, Sin embargo, el germen de La Regenta es un cuento de Clarín llamado «El diablo en Semana Santa» de 1880 (apareció en Solos de Clarín).  La Regenta está escrita en estilo naturalista (en 1881 Galdós escribe La desheredada en este estilo).  Pero el naturalismo de Clarín es espiritual.  La nueva novela naturalista (La Regenta) es de acción sencilla, profundamente observada y donde aparecen las varias clases sociales y personajes de carne y hueso (no simbólicos, como en las novelas de tesis).  Se observa como obra un personaje en determinadas situaciones (ambiente).  El carácter (temperamento) de estos personajes influye su destino. El individuo debe aparecer en lucha con la sociedad.  Los personajes no son portadores de ningún vicio, virtud, idea o tesis.  Tenemos en La Regenta una morosa presentación, una distendida (prolongada) complicación y una solución precipitada.  No hay exposición, nudo o desenlace o múltiples peripecias.  Usa también un estilo indirecto libre («estilo latente» [oculto, enmascarado], según Clarín), característico de Flaubert, Zola y Galdós (el narrador transmite mediante su voz lo que es el personaje propiamente dicho; se produce así una identificación del narrador con el interior del personaje, reproduciendo sus palabras o pensamientos como si ambos fuesen el mismo ente).  Hay una nula intervención del narrador con su voz de autor; esto da objetividad e impersonalidad a la obra.  El estilo latente no es de ostentación verbal.  Es un estilo claro y lógico, natural, sencillo, expresivo y modesto (à la Zola).  Clarín estudió los interiores de las almas, las clases y las instituciones.  Clarín supuestamente (esto es debatible) no habla de temperamento, herencia, determinismo, evolución, lucha por la vida, degeneración.  El naturalismo no es para él imitación de lo repugnante.  Pero La Regenta es una novela densamente crítica y profundamente triste.  La Regenta fue publicada por primera vez en Barcelona por Daniel Cortezo en 1884 (tomo uno [capítulos 1-15]) y 1885 (tomo dos [capítulos 16 a 30]).  La segunda edición, última corregida por el autor, fue publicada en Madrid por Fernando Fe en 1900 (dos tomos), con un prólogo de Galdós (fechado en 1901).


Catedral de Ovielo

PRÓLOGO DE GALDÓS (1º de enero de 1901):
       Por Naturalismo, Galdós entiende la falta de pompa retórica.  Lo cree portador de todas las fealdades sociales y humanas.  Se elimina el ideal y el lenguaje decente.  Esto es un peligro para el arte.  Pero esto había aparecido antes en España con la novela picaresca (sobre todo Quevedo) y Cervantes.  Los franceses le han quitado el humor a esta novela: eso es todo.  Después exportaron este modelo a Inglaterra y otros países.  El humor y el profundo estudio sicológico son ingredientes del Naturalismo español. 

LA REGENTA (1884, 1885):


La catedral de Oviedo y estatua de la Regenta
Capítulo Uno
       La acción de la novela ocurre en Vetusta (supuestamente Oviedo, capital provinciana de Asturias) en otoño.  La torre de la catedral es maciza.  La campana de la iglesia se llama Wamba (la de Asturias es de 1219) y la tocan dos pillos llamados Bismarck (campanero) y Celedonio (acólito de 12 o 13 años, pervertido de instintos naturales por falta de educación [p. 101]; Palomo, el perrero, lo había notado).  Bismarck opina que el Magistral [predicador] don Fermín de Pas (Provisor [juez eclesiástico] del Obispo) es un hombre orgulloso.  Bismarck habla como hombre de pueblo (heteroglosia).  Supuestamente se pinta la cara.  El Magistral parece estucado (enyesado, pintado) y tiene ojos verdes y de profunda mirada, así como nariz larga y recta, labios largos y delgados, finos y pálidos.  Su mirada era indescifrable.  Tiene una barba puntiaguda.  Es fornido y habría sido el mejor jugador de bolos o el mozo de más partido.  Tiene manos finas y cuidadas, como de aristocrática señora.  Saca un telescopio.   Por ser montañés buscaba las cumbres (p. 104).  Inspecciona minuciosamente las casas, el billar, el casino, como un naturalista con un microscopio las pequeñeces de los cuerpos.  Vetusta era su pasión y su presa (p. 105).  Sentía gula por la ciudad.  Sueña com más altos destinos (Toledo, Roma).  Tiene 35 años y codicia el poder.  Tenía al Obispo en una garra (p. 107).  El beneficiado don Custodio lo odiaba por ser Magistral desde los 30 años.   Fermín ve a los vetustenses como escarabajos.  Desde la torre ve la Encimada (el barrio noble y el pobre de Vetusta).  La Catedral está entre Santa María la Mayor y San Pedro.  Los conventos ocupaban la mitad del terreno (Santo Domingo, Las Recoletas, San Vicente, Las Clarisas San Benito [prisión]).  Al noroeste está el barrio nuevo (de americanos indianos y comerciantes), la Colonia, de nuevos ricos que quieren ser como los nobles.  En el Norte (Campo del Sol) están los trabajadores que no le oyen sus sermones por oír los de predicadores socialistas (113). 
       Don Saturnino Bermúdez es un anticuario, el más perito de los arqueólogos de Vetusta, y parece monje, por el ambiente en que vive (p. 122).  Es también doctor en teología , en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en filosofía y letras y bachiller en ciencias.  Es autor de Vetusta Romana, Vetusta Goda, Vetusta Feudal, Vetusta Cristiana y Vetusta Transformada. Tiene el pelo rapado y tiene 33 años.  Se dejaba la barba.  Tenía la boca grande y labios que van de oreja a oreja.  Tenía un sonrisa llena de arrugas.  Siempre parecía que iba de luto.  Las muchachas de Vetusta no lo comprendían.  Pero él no se acercaría a ellas tampoco.  Las casadas acaso lo entiendan mejor.  Se ha enamorado de la Regenta pero no se lo ha dicho. 
       El beneficiado don Custodio era un clérigo pálido, sudón, grueso, adamado, enemigo doméstico que admira al Magistral, por quien tiene mucha envidia. 
       La Regenta se llamaba así por haber sido su marido, ahora jubilado, regente (governor) de la audiencia (Spanish court). 
       La amiga de don Saturnino Bermúdez es Obdulia Fandiño, viuda de Pomares.  Ella lo mira y suspira por él.  Le tocó la rodilla en la tertulia de Visitación Olías de Cuero.   Obdulia se viste exóticamente en la catedral.  Fermín no la tolera.  Ella quiere seducirlo, como al obispo de Nauplia (en Grecia).  Fermín es afable con ella. 

Capítulo Dos
       Don Cayetano Ripamilán, aragonés, de Calatayud.  Es canónigo y arcipreste.  Tiene 76 años.  Es vivaracho, alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado y parece un buitre o una urraca.  Era miope y usa gafas de oro en su nariz larga y corva.  Le encanta la poesía de Garcilaso y Marcial, las mujeres y las escopetas.  Es de costumbres intachables.  Es partidario fiel de don Fermín de Pas.  Es el antiguo confesor de la Regenta.  Se la entrega a Fermín de Pas.
       El arcediano don Restituto Mourelo ([el duque de] Glo[u]cester [Ricardo III]).  Era torcido del hombro derecho.  Es el más cordial enemigo de Fermín de Pas.  Es maquiavélico.  Tiene buenas relaciones con el déspota para minarle mejor el terreno.  Quiere ser el confesor de la Regenta.  El beneficiado don Custodio era su lugarteniente.  Le avisa que la Regenta y la Visitación vinieron a confesarse con Fermín.  Don Custodio es joven y acecha la sucesión del Arcipreste. 
       Doña Ana de Ozores, la Regenta, esposa de don Víctor Quintanar, regente (presidente) jubilado de la audiencia de Vetusta.

Capítulo Tres
       El Magistral visitaba a don Víctor cuando era regente.  Ahora ya no. 
       Doña Ana de Ozores.  Tiene abundante cabello castaño que caía en ondas por la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora.  No tiene ni madre ni hijos.  Tiene 27 años (p. 166).  Siente deseos de una madre.  ANALEPSIS: Fue acostada sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz.  Se contaba de niña cuentos llenos de luz y de caricias.  Pensaba que la almohada era su madre.  Piensa en don Álvaro Mesía, presidente del casino de Vetusta y jefe del partido liberal dinástico.   Recuerda la barca de Trébol con su amigo Germán, un niño rubio de 12 años (ella tenía 10 años).  Quería navegar hasta la tierra de moros y buscar a su papá.  Duermen juntos en la barca.  El era de Colondres; ella de Loreto.  Son marido y mujer.  Ella vivía con su aya doña Camila, una española inglesa que no la quería.  La castigaban con encierros, ayunos y con acostarse temprano, pero nunca le pegaron.  Recibe visitas de un hombre doña Camila.  Piensan que acaso haya perdido la virginidad Ana y la tratan mal.  Viene de herencia (la madre [p. 172]).  Quisiera tener un hijo.  Ve a Álvaro Mesía en el Teatro Real de Madrid (PROLEPSIS). Está en la cama Ana.  La viene a ver su esposo don Víctor.  Ella está enferma.  Petra es la criada mal vestida.  Sufre de nervios Ana.  Víctor la besa en la frente.  Víctor nota que Petra debe ser muy guapa.  Víctor tiene 50 y pico años (60).  Es robusto.  Tiene bigote blanco, cejas grises.  Tiene aspecto de brigadier, de general.  Su amigo de caza es Frígilis (don Tomás Crespo, quien era ni alto no bajo sino cuadrado).  Lee a Calderón, sobre todo las obras de honor.   Sabe esgrima y cómo usar las armas de fuego como la pistola.  Está orgulloso de la castidad de su esposa.  Todos la respetan, incluso Mesía.

Capítulo Cuatro
       Don Carlos fue el padre de Ana.  Era el primogénito de un segundón del conde de Ozores.  Tuvo dos hermanas: Anunicación y Águeda.  La rama de los condes vivía emigrada.  Don Carlos se hizo ingeniero militar.  Llegó a ser coronel de ejército.  Perdió sus aficiones militares y fue menos guerrero con el tiempo.  Se casó a los 35 años con una humilde modista italiana, quien murió al dar a luz a Ana.  Las solteronas se quedaron en el palacio.  Se corrió por Vetusta que don Carlos se había vuelto masón, republicano y ateo.  El marqués de Vegallana es el jefe del partido conservador de Vetusta.  Don Carlos se había vuelto liberal y se hizo conspirador.  Dejó a Ana al cuidado de Camila.  Era ésta una lujuriosa hipocritona.  Iriarte es el amigo de Camila.  Camila Portocarrero había tratado en vano de seducir a don Carlos.  Ana pagó el desdén.  Camila piensa que acaso la madre modista de Ana fue bailarina (p. 190).   La heroína de Ana a los cuatro años era una madre.  Soñaba con ser mariposa.  Siempre se escapaba de casa y comía con los pastores.  Aprendió a leer.  Estudió la Biblia, geografía, poesía épica.  («Improper, improper», la sangre, etc. [p. 193]).  A los 14 años ya nadie se acordaba de eso.  Pasa a vivir Ana con su padre.  Se hizo disimulada Ana por cuestiones de honor (p. 195).  En la biblioteca de su padre Ana aprende mitología.  Se hizo fría, desabrida y huraña para el amor.  Era delgada, pálida, débil, a los 15 años.  Leyó las Confesiones de San Agustín.  Se hace devota de María, madre de los afligidos. 

Capítulo Cinco
       Anunciación Ozores pasa 47 años en Vetusta.  Va a Loreto en compañía de una criada y Cayetano Ripamilán.  Carlos había muerto sin confesión y de repente.  «Muerto el perro se acabó la rabia», dijo un noble.  Ana sufría de una fiebre nerviosa, una crisis terrible. «Su enfermedad era melancólica» (p. 212).  Tenía temor de ser abandonada.   Tiene pesadillas.  Las tías ayudan a Ana por remordimiento de haber comprado el caserón donde viven a muy poco precio (por la necesidad de Carlos de pagar sus deudas).  Eso les tranquilizaría la conciencia.  Don Carlos había perdido cuerpo y alma.  Mientras estuvo enferma, Ana tuvo una conducta irreprochable.  Se habla de la herencia moral de Ana (p. 215) y de la «mezcla nefasta» de sangre azul y plebeya.  La nobleza de Vetusta decide acoger a Ana pero no se mencionará nunca a la madre (la modista italiana).   Será vista como sobrina.  Doña Águeda era más joven, más gruesa y más bondadosa que su hermana; era también buena cocinera.  Tienen miedo las tías de que Ana se vuelva una Obdulia (herencia moral).  Ana se dio cuenta que las tías perdonaban todo menos las apariencias.  Piensan que Ana será guapa como los Ozores, «pues lo traían de raza» (p. 219).  Hay que engordarla.  Después se le buscaría un novio.  No puede ser un noble, pues los nobles se casan con sus iguales si tienen dinero o, si no, con los americanos por el dinero.  Los innobles no se atreverían a casarse con una Ozores noble.  La única esperanza era un americano, pues los indianos deseaban más nobleza y confiaban en su dinero.  Ana reconoció su obligación.  Pierde sus accesos de religiosidad.  Los hombres empiezan a fijarse en ella: «había recobrado el tipo de la raza» (p. 224).  La plebe, la clase media y la nobleza piensan que Ana es bella (p. 224).  Su belleza salvó a la huérfana.  Se le admitió en la clase por su hermosura (p. 225).  Se le había perdonado todo, incluso el republicanismo de su padre.  Los aristócratas eran libertinos y no se casarían con Ana.  Tendrá que casarse con un ricacho plebeyo.  No puede descuidarse con nadie.  Las tías la instruyen: no debe manifestar deseos, gustos o repugnancias.  Debe tolerar las impertinencias de los nobles (por ser todos «familia»), con tal que no se propasen: «déjales decir, pero no te dejes tocar» (p. 229).  Escandalizarse es una falta de educación entre la clase noble.  Ana se da cuenta que no puede trabajar (por ser noble): su única opción es el matrimonio o el convento.  No debe ser literata o escribir: «vicio de hombres vulgares» (p. 232).  Nadie se casa con una literata.  Álvaro Mesía se interesa en ella.  Se va a Madrid y se encuentran los ojos de Mesía y Ana.  Ana piensa que Álvaro es de los menos malos.  Ana piensa en el convento pero el confesor de Ana, Ripamilán, le aconseja que haga feliz a un cristiano.  Le sugiere un paisano suyo: un magistrado (juez) aragonés de Zaragoza, algo maduro, valiente, gran cazador, pundonoroso y gran aficionado de comedias. Víctor Quintar pasaba de los 40 y Ana Ozores tenía 19 años.  El amigo de Víctor es Tomás Crespo (Frígilis, porque opina muy tolerantemente que «todos somos frágiles» y perdona todo).  Crespo sirve de intermediario entre Ana y Víctor.  Ana apreciaba mucho el consejo de Frígilis.  Ana renuncia a ser monja y se casa sin amor con Víctor (aunque le cae simpático y procurará amarlo [p. 246]), sobre todo cuando las tías tratan de casarla con el americano don Frutos Redondo, procedente de Matanzas, Cuba.  Víctor es ascendido a Presidente de Sala en Granada y pide la mano de Ana a doña Anuncia.  La nobleza piensa que Ana hacía una boda loca con él.  Al mes se casa Ana con Víctor.  No podrá pensar en otros hombres Ana: «Todo había concluido . . . sin haber empezado» (p. 248).  Víctor leía El mayor monstruo los celos o el Tetrarca de Jerusalén de Pedro Calderón de la Barca (obra de honor). 

Capítulo Seis:
       El Casino de Vetusta.  El salón de baile se mostraba a los forasteros.  Los más importantes personajes de Vetusta se encuentran en el Casino. Don Pompeyo Guimarán, un filósofo, odia el tresillo. Basilio Méndez es el mejor espada (tiene mujer y cinco hijos y se ayuda con el tresillo).  Vinculete es desplumado.  El el Gabinete de Lectura hay un Diccionario y la Gramática de la Academia.  Se hacía uso de los periódicos e ilustraciones.  La acción de la novela ocurre en 1877 y 1880.  Ana Ozores tiene 27 años y habrá nacido en 1850 (p. 255).  El poeta Trifón Cármenes.  Don Amadeo Bedoya, capitán de artillería.  Se jugaba mucho en Vetusta «por lo mucho que llovía en Vetusta» (p. 262).  Se murmura en el Casino del interés de Mesía por Ana Ozores.  Lo cuenta Joaquín Orgaz, quien tiene mucho miedo de Pepe RonzalPepe Ronzal, alias Trabuco, era hijo de un ganadero rico.  Se hace hombre político en la capital y pasó a ser diputado provincial por Pernueces.  Era alto, grueso, con ojos montaraces, sin expresión, asustados. Era enemigo de republicanos. 

Capítulo Siete:
       Pepe Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran amigos suyos.  Joaquín Orgaz imitaba a Mesía.  Joaquín era amigo del Marquesito (Paquito), el hijo del Marqués de Vegallana, y éste el amigo íntimo de don Álvaro.  El Sr. Foja, el ex-alcalde, habla del interés de Mesía por Ana y de la búsqueda de ésta por la dirección espiritual de don Fermín.  Trabuco no acepta que se hable mal de la Regenta.  Se oye la carcajada de Álvaro Mesía.  Era Mesía más alto que Ronzal y mucho más esbelto.  Hablaba francés, italiano e inglés.  Trabuco tiene envidia del Presidente del Casino (Mesía).  Tiene pelo rubio, es pálido, tiene ojos pardos y hechiceros.  Las mujeres que abandonaba Mesía eran el plato segundo de Paco Vegallana, el Marquesito.  Trabuco reconoce esto y defiende la moralidad presente debido a la Restauración borbónica y a la sana influencia del clero.  Se habla del Magistral y si es solicitante de amores.  Ronzal (Trabuco), Orgaz padre, el Marquesito y Mesía opinan que no; Foja y Joaquinito Orgaz opinan que sí.  Mesía opina que el pecado mayor del Magistral era la simonía, pues Fermín es ambicioso y avaro.  Se habla de una posible relación entre Fermín y Obdulia, Visitación y la hija de los Páez.  Foja, el exalcalde, opina que un gobierno liberal sacaría al Magistral de Vetusta.  Se cuenta después que el Palomo tuvo que echar a escobazos a Obdulia y Saturnino Bermúdez de la catedral por haberse dado unos «apretones» (p. 288).  Paco Vegallana (el futuro marqués de 25 o 26 años) veía a Álvaro Mesía (de 40 y pico años) como un héroe.  Paco es un hombre de meretrices y cree en ellas y en la corrupción de las clases superiores.  El buen casado primero debe haber tenido muchas aventuras para ser buen marido.  Por lo tanto, se está preparando para ser un buen esposo (p. 291).   Mesía quiere amar a Ana aunque es mujer casada: es un amor ideal.  La casa de Paco será un terreno neutral para seducirla.  Mesía no creía en la virtud absoluta de la mujer.  Para seducir a Ana tiene que comportarse pacientemente como un estudiante tímido que ama platónicamente.  El poeta Trifón Cármenes ha estado enamorado de Ana por dos años.  Pero ella ni se había enterado.   Mesía tiene que aparentar que ha dejado de ser un don Juan Tenorio por ella.  No creía Mesía en la mujer fuerte.  Además, no se le hace ningún daño a un marido que nada sabe.  Víctor es amigo de Mesía.  Paquito ayudará a Mesía a redimirlo. 

Capítulo Ocho:
       El marqués de Vegallana era el jefe del partido (conservador) dinástico más reaccionario de Vetusta, pero el verdadero jefe era su favorito, don Álvaro Mesía, quien a su vez era el jefe del partido liberal dinástico.  Mesía cuidaba de los negocios de ambos partidos (reflejo histórico del «turno pacífico» de los dos partidos dinásticos durante la época de la Restauración borbónica [1874-1931]: el conservador de Antonio Cánovas del Castillo y el liberal de Práxedes Mateo Sagasta [en la época isabelina {1836-1868} se llamarían moderados y progresistas].  Bajo el Pacto de El Pardo [24 nov. 1885], los dos partidos llevaron a cabo el acuerdo de apoyar la Regencia [1885-1902] de doña María Cristina de Habsburgo-Lorena [embarazada del futuro Alfonso XIII: 1886-1931] después de la inminente muerte de Alfonso XII [1874- 1885] y así garantizar la continuidad de la monarquía, al menos hasta 1931, cuando se proclama la Segunda República [la Primera República fue de 1873-1874] {los grupos de oposición <antidinásticos> eran los carlistas y los republicanos}).   Mesía sirve al Marqués en política como a Paquito (el Marquesito) en amores.   El Marqués le pagaba a Mesía otorgándole favores, v. gr., haciendo que a veces ganara el partido liberal para deshacerse de un conservador pesado.  El Marqués piensa que es liberal pero que por nacimiento debe ser reaccionario («los compromisos de clase»).   Al marqués también le encantan las pesas y medidas (lo demás era filosofía alemana [idealismo]) [o sea, tiene más de «positivista» que de «krausista»].  La marquesa (doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana) piensa que su esposo es un majadero, como todos los hombres.  Ella era muy devota pero también muy liberal.  Piensa que lo único bueno que puede hacer la aristocracia hoy día es divertirse.   A ella le gusta leer novelas (románticas), ir al teatro y tener tertulias en casa.  Odia la hipocresía.  Tiene siento interés en el erotismo literario.  Los marqueses tuvieron tres hijas: Pilar, Lola (casadas y viviendo en Madrid) y Emma, quien murió de tisis («la enfermedad de moda»).  Ahora las sobrinas ocupaban de vez en cuando los aposentos de las hijas.  Allí reinaba la juventud y se improvisaban noviazgos.  Paquito persigue a la servidumbre femenina cuando está aburrido.  Ahí hacía de las suyas Álvaro Mesía, a quien se le perdonaba todo por su discreción.  Los marqueses son tolerantes en cuestión de moral.  El clero prefiere visitar a la marquesa sólo de día.   El marqués vive en en segundo piso.  La marquesa recibe visitas sólo en el primer piso.  El capitán Amadeo Bedoya, tertulio de la marquesa, se da cuenta que los muebles del marqués no son antiguos (auténticos).  El cocinero de los marqueses se llama Pedro, su pinche (asistente de cocina) Colás. Visitación es una mujer escandalosa y una «urraca ladrona» (p. 317 [cf. La gazza ladra (La urraca ladrona), ópera de Rossini]).  El esposo de Visita es un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia.  De joven, Visita saltó de un balcón («como era algo ligera») para encontrarse con su amante, probablemente Mesía.  Es golosa, alegre y gorrona (inmoderada), alta, delgada, rubia y graciosa, de ojos pequeños y maliciosos. Obdulia negaba a sus amantes sus relaciones anteriores, menos las de Mesía, las cuales eran su orgullo.  Era viuda pero nunca se acordaba de su difunto esposo. Pedro, el cocinero, tenía 40 años y era un capitán general en la cocina. Colás era colorado y vivo, de ojos maliciosos y manos listas.  Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, lo empieza a seducir, como antes a Bermúdez.  Para Pedro habría sido esta una recompensa final, aunque era socialista.  Pero Obdulia se olvida de Pedro al rozarse con Paquito, el marquesito, un antiguo amante.  Le encanta a la viuda las sesiones alegres («saborear los recuerdos»), aunque habría preferido a Mesía. Mesía y Visita son amigos ahora, aunque antes fueran amantes.  Visita sabe que su amiga Ana, la Regenta, tiene interés en Mesía y él en ella.  Quiere precipitar esta relación ya que le molestaba la hermosura de Ana y su virtud la volvía loca.  Ana debe ser como toda otra mujer y entregarse a Mesía, su futuro amante, como tantas otras se han entregado, incluso ella: «quería ver aquel armiño en el lodo» (328).   Visita dice que Frígilis piensa que la Regenta se parece a la Virgen de la silla de Rafael (1483-1520) [en el Palacio Pitti de Florencia].  Visita le dice a Mesía qe Ana tiene bello cuerpo, que ansía tener un hijo, que se retuerce en la cama con la piel de tigre cuando tiene ataques, que se ríe mucho durante los ataques, que se abraza a las almohadas, que rabia de celos o se muere de amor y que ni don Víctor ni Frígilis son hombres (pp. 530-31).  Los ataques cesaron cuando se casó, pero ahora han vuelto con más frecuencia (p. 333).  Palidece y enmudece cuando se le nombra a Mesía.  Le clava los ojos en el teatro.   De niña tenía visiones místicas.   Mesía agradece las palabras de Visitación e intenta amarla.  Ella le da una bofetada y se mete un terrón de azúcar en la boca.  Este era el sistema de Visita.  Se prohibía a sí misma por desconfianza, las dulzuras de los engaños de amor, y los compensaba con golosinas.  En una esquina de la casa aparece la Regenta.  Acaba de confesar con el Magistral.  Obdulia le dice a Mesía: «¡Cómetela . . .!» (p. 336).


Rafael (1483-1520).  «Madonna della Seggiola» («La Virgen de la silla») [1513-1514].  Palacio Pitti, Florencia

Capítulo Nueve
       El palacio de los Ozores está en la Plaza Nueva de Vetusta. Ana quiere extraviarse por el camino con Petra, su doncella, e ir a la fuente de Mari-PepaPetra tiene unos 25 años, era rubia, de color de azafrán, muy blanca, de facciones correctas, cuya hermosura podía excitar deseos pero difícilmente producir simpatías.  Tiene acento de provincia y habla afectadamente.  Es callada, cavilosa, solícita, discreta.  No tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien.  Fingía humildad.  Había servido en muchas casas principales.  Se aburre en la casa de Quintanar porque no hay aventuras.  Don Víctor no le presta atención.  Ana se ha confesado por una hora.  Petra no se fía de la piedad repentina de la Regenta.  Ana se aburre (todavía tiene 27 años).  Se ha entusiasmado con las palabras del Magistral, a quien ve como un hermano mayor del alma.  El Magistral le habla como a persona ilustrada, como a un hombre de letras.  «Aquella melancolía de que ella se quejaba era nostalgia de la virtud a que llegaría» (p. 345).   Fermín la ha absuelto pero ella no le ha contado su inclinación hacia don Álvaro.   Se fija en un sapo que la  ve, como si estuviera escuchándola (p. 347).  Se asusta.  Mientras andaba «perdida» Ana, Petra había ido a un molino a ver a su primo Antonio (su enamorado).  Pensaban casarse pero no ahora sino cuando ella fuera más vieja y él más rico.  El molino era su caja de ahorros donde iba depositando Petra sus economías de amor (p. 348).  Lo iba a ver cuando podía para que no se apagase ese fuego con que contaba para la vejez.  Ana y Petra pasan al anochecer por El boulevard, la Calle del Triunfo de 1836 (para celebrar una victoria de las fuerzas isabelinas contra las carlistas).  Salen los obreros del trabajo (p. 349).   Las muchachas y los muchachos imitan las costumbres de los señoritos.  Ríen, gritan, silban, cantan, se pellizcan.  Se mezclan algunos señoritos.  A las muchachas les gustan los piropos.  Huelen fuerte, a perfume de harapo, pero no lo notan.  Todos eran jóvenes.  Los trabajadores viejos no tienen esa alegría.  No había nadie de 30 años.  El obrero pronto se hace taciturno.  Los jóvenes se acercan a la Regenta pero su cara de María Santísima les impone respeto.  Ana siente envidia de esa alegría de la cual ella carece (p. 352).   Un chico quiere matar a su amante.  Sufre de celos.   Ana se pone nerviosa y piensa que le va a venir un ataque.  Ana y Petra se encuentran con el señorito Paco y don Álvaro.  Hay necesidad en Vetusta de verse y codearse y oír ruido humano (p. 336).  El paseo es un placer intenso que gozan con delicia las masas proletarias de la honrada clase media española (p. 357).  Ana ve en cada rostro la llama de la poesía.  Sólo ella no tenía amor (p. 357).   Para Mesía, las mujeres gustan de un buen físico.  Álvaro era profundamente materialista.  Cuando la mujer se convencía que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro (p. 361).  Ana piensa ser virtuosa siempre pero quiere dejarse tentar.  La tentación era su único placer.  Ana no puede querer, pero ser querida, ¿por qué no?  Petra, quien habla con Paquito, no piensa que haya obstáculos sociales en cuestiones de amor.   Siente que Paco no la haya abrazado al final de la conversación, dándose cuenta de que éste la había entretenido sólo para dejar solos a los otros.  Presentan La vida es sueño de Calderón esa noche en el teatro.


Berlina del siglo XIX
Capítulo Diez:
       Llega la marquesa a casa de Ana y Víctor en una berlina a las 8:00 para llevárselos al teatro.  Ana no va y la marquesa se lleva a Víctor al teatro.  Ana piensa en Álvaro.  No le otorgará el favor más insignificante.  Recuerda el pasado (ANALEPSIS) en Granada, Zaragoza, Valladolid, con Víctor siempre a su lado.  Se acordó de un inglés que se había enamorado de ella en la Alhambra y le había dado una piel de un tigre de la India.  Finalmente, Mr. Brooke se había casado con una gitana.  Ella se ve como una mujer loca, sin madre ni hijos, sin amor, leal a un hombre que prefiere las perdices que las caricias conyugales.  Culpa a Frígilis de haber sido su celestino.  Pero si se hubiera casado con el vulgar indiano de Frutos Redondo entonces acaso le habría sido infiel.  Pero Víctor era tan bueno, tan caballero, como un padre. Don Álvaro entonces la habría robado.  Ana decide escribirle al Magistral.  Va a oscuras al despacho de Víctor y Ana es atrapada por un instrumente para coger zorros.  Llama idiota a su esposo.  Su marido era botánico, ornitólogo, floricultor, arboricultor, cazador, crítico de comedias, cómico, jurisconsulto, todo menos marido.  ¿Y quien era Frígilis?  Un loco.  Vive entre sonámbulos sin relaciones íntimas (p. 375).  Tenía 27 años y se moría de hastío (p. 375).  Ella no conocía el amor que leía en las novelas y comedias.  Vive en un presidio de castidad.  Víctor pronto se cansó de hacer el papel de galán y tomó el de barba, que le sentaba mejor.  ¿Cómo confesar que no quiere a su marido?  (p. 377).  Y la juventud huía.  Tiene derechos de carne, de hermosura (p. 377).   Ana va andando por el parque de noche y ve a don Álvaro, quien había salido del teatro.  Álvaro la ve y la llama pero Ana huye y se esconde en su alcoba.  Llega Víctor del teatro.  Ana se le arroja a los brazos, llorando.  Víctor le dice que tiene que distraerse y bromeando le dice que si fuera necesario les sugeriría a Paco y Mesía que la enamorasen.  Víctor odia los ataques de nervios de su esposa.  Víctor descubre su trampa de zorros destrozada.  Se enoja con Petra y Anselmo.  Petra se da cuenta de que alguna deshonra estará a punto de ocurrir.  Se queja del dormilón de Anselmo, que jamás ha venido a buscarla en el secreto de la noche.

Capítulo Once:
       El Magistral era madrugador y leía filosofía y teología por la mañana y la noche.  Era hombre de gobierno (de la diócesis) y sabio de la catedral.  Su casa demuestra humildad, así como su madre, doña PaulaSantos Barinaga odia al Magistral y su madre por hacerle competencia con La Cruz Roja, bazar de artículos de iglesia.  Campillo («el Chato»), segundo organista de la catedral, favorito de doña Paula, espía para Fermín.  Según don Cayetano Ripamilán, el arcipreste, Ana Ozores es una romántica y por eso se la dio al Magistral.  Le dice que tuvo visiones pseudo-místicas en Loreto.  Cosa de la edad y la sangre.  Tiene tesón y orgullo.  Es desgraciada.  Don Víctor es como Dios lo hizo.  Obviamente no le pueden dar un amante.  El Magistral se pone rojo.  El Magistral es el confesor de las mujeres nobles.  Desprecia en el fondo del alma a los vetustenses.  Hablan el beneficiado, don Custodio y el arcediano don Restituo Mourelo «Glocester», sobre la larga confesión de la Regenta con el Magistral (entre una y dos horas).   Fermín necesitaba esa dulzura y suavidad de corazón; no todo debiera ser ambición (la suya) o codicia (la de su madre).  Recuerda sus años de estudiante teólogo en San Marcos de León, cuando se preparaba para jesuita.  Recuerda la declaración del dogma de la infalibilidal papal (18 julio 1870).  Había defendido esta doctrina en Roma.  Pensaba ser obispo cuando llegara a los 60 años.  Entra en su despacho una joven de 20 años, alta, delgada, pálida: era la doncella de doña Paula (Teresina).  Dormía cerca de la alcoba del señorito (Fermín de Pas).  Doña Paula habitaba el segundo piso.  Las doncellas de doña Paula venían siempre de su aldea.  Las escogía ella  y las conservaba mucho tiempo.  Se lava Fermín.  Admira su cuerpo fornido.  Parece atleta.  Tiene músculos de acero.  Por consejo de Robustiano, levantaba pesas.  Era un Hércules.  Viene a verlo Petra, la doncella de la Regenta, quien le entrega al Magistral una carta de ella.  Doña Paula es la madre del Provisor.  Tenía 60 años pero aparenta tener 50.  Tiene trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso.  Tiene ojos de un azul muy claro.  Parecía una amortajada.  Fuma cigarros que lía ella misma.  Critica la carta de la Regenta.  Le recuerda la Brigadiera.  No basta la virtud en esta vida, sino aparentarla.  Le recuerda sus enemigos: Glocester, don Custodio, Foja, don Santos, don Álvaro Mesía.  Doña Paula tiene un superior instinto respecto al cuidado de su hijo.  Fermín le debía todo a ella.  Sin ella, él habría sido un pastor en las montañas o un cavador en las minas. 


Don Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria Este
(Carlos VII)

Capítulo Doce:
       Don Francisco de Asís Carraspique era miembro importante de la Junta Carlista de Vetusta (apoyaría a Don Carlos María de los Dolores (1848-1909), pretendiente al trono como Carlos VII, y patrocinador de la guerra carlista de 1873-1874).  Lo dominaba su mujer, doña Lucía, quien aborrecía a los liberales porque los cristinos habían ahorcado a su padre sin confesión.  Carraspique tiene 60 años y se distinguía por sus millones.  Su mujer se confiesa con el Magistral.  Tenían 4 hijas y las dos primeras habían profesado.   La criada de los Carraspique, también de 60 años, se llama Fulgencia. Don Robustiano Somoza era el médico de los nobles y era reaccionario en política y volteriano en religión.  Para él antes todo era flato (aires); ahora todo era cuestión de nervios (Jean Charcot: 1827-1893: neurólogo francés, escribió sobre hipnosis e histeria; su estudiante fue Sigmund Freud).  Critica que las hijas de Carraspique se hubieran hecho monjas.  Robustiano y el Magistral no se llevan bien.  Fermín verá en las Salesas a Sor Teresa, quien está enferma (hija de los Carraspique).  Las otras dos hijas deben casarse, pero la mayor no debe casarse con el impío diputado de Pepe Ronzal (Trabuco), según el Magistral.  Es conservador y quiere la unidad católica (de conservadores y liberales) pero no es buen cristiano.  Fermín necesita limosnas para Roma.  El Magistral va a ver al Obispo, el Ilustrísimo Señor Fortunato Camoirán. El obispo era un santo alegre pero sin voluntad.  Los carlistas no pueden contar con él.  Doña Paula había sido ama de llaves del obispo.  Tenía 50 años y era devoto de la Virgen María.  Había escrito cinco libros, todos sobre la Virgen.  Doña Úrsula es su ama de llaves ahora.  Antes había sido el predicador de moda en Vetusta, antes del Magistral. Glocester en sus sermones era irónico.  El Magistral era elocuente y hablaba de moral.  Gusta a las damas y a los comerciantes al hablar de salvar el alma como el negocio de la vida.   Una vez lo visitaron al obispo Visita y Olvido Páez, la hija de Páez el americano, el segundo millonario de la Colonia.  Quería que repartiera premios a la virtud del círculo La Libre Hermandad, fundada como institución independiente (no religiosa) por don Pompeyo Guimarán, quien no comulgaba nunca.   Fermín se opone.  Visita al Magistral de don Carlos Peláez, notario eclesiástico, quien presenta al cura Contracayes, seductor en el confesionario.  Contracayes se queja de haber resbalado y caído cuando otros han resbalado pero no caído. Fermín se enfurece.   Al ver que su autoridad se acata de nuevo, Fermín se calma.   Don Francisco Páez era el segundo más rico de la Colonia (el primero era Frutos). Había pasado 25 años en Cuba si oír misa.  Se hizo religioso en Vetusta por su hija y el Magistral, que lo convenció de que la religión era cosa de buen tono y el mejor freno para el socialismo.  Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos; no tenía madre.  Su padre satisface todos sus caprichos.  Renunció al amor y se dedicó al lujo.  Después se hizo devota.  Fermín la controla.  Ella se ha enamorado místicamente del Magistral.  El Magistral visita al marqués de Vegallana.


André Brouillet.  Dr. Jean-Martin Charcot y «Blanche» (una histérica) [1887].  Universidad de París 5.
«Enseignement de Charcot à la Salpêtrière: 
le professeur montrant à ses élèves sa plus fidèle patiente, « Blanche » 
(Marie) Wittman, en crise d'hystérie. 
Détail du tableau d'André Brouillet : « une leçon clinique à la Salpêtrière ».
Capítulo Trece
       Todo lo mejor de Vetusta está en casa de los marqueses de Vegallana.  El capellán de la casa se llama don Aniceto.  Es el cumpleaños de Paco VegallanaEdelmira, sobrina de la marquesa, era una joven de 15 años, pero parece de 20.   Ve el Magistral a la Regenta y don Álvaro Mesía hablando.  Se sonroja.   Hay una división entre los invitados: los invitados a comer (los envidiados), que son pocos, y los no invitados, que son muchos (y envidiosos).  Glocester se enfurece por no ser uno de los invitados a comer mientras el Magistral sí.  Los convidados a comer son Víctor Quintanar y Ana Ozores, Obdulia Fandiño, Visitación, doña Petronila Rianzares (una señora que parecía fraile, viuda de un intendente en La Habana, millonaria, devota y protectora de la causa de Don Carlos, gran admiradora del Magistral), Ripamilán (arcipreste), Álvaro Mesía, Saturnino Bermúdez, Joaquín Orgaz, el médico Somoza, Edelmira y el Magistral (aparte de los marqueses y el hijo). Ana huele el aroma masculino de Mesía (p. 489).  Ana ve a sus dos hombres: Mesía y el Magistral.  Se fija en sus facciones físicas.  Mesía no cree en la virtud de los clérigos, a quienes considera hipócritas y lujuriosos.  Fermín esperará a Ana en su capilla temprano para confesar.  El marqués devora una docena de sardinas y después se retira. Al volver ya no tenía las sardinas (¿las vomita?).  La marquesa come lechuga.  Fermín decide no ir al Vivero (Invernadero) para preservar su dignidad eclesiástica.   La Regenta le pide que los acompañe.  Mesía se pone celoso.  Ana se da cuenta de ello.  Le gusta este interés que nota.  Piensa que Mesía la ama verdaderamente y que Fermín la protegería. Obdulia se sube a un columpio que se engancha en un puntal (columna) de una pared.  Don Álvaro trata de ayudarla a bajar pero no puede.  El Magistral se ofrece y tiene éxito.  Mesía se avergüenza.  Ana admiró en silencio la fuerza de su padre espiritual. 

Capítulo Catorce:
       El Espolón era un paseo estrecho, sin árboles: el paseo de los curas.  El carruaje de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón.  Le acababan de ver al lado de la Regenta. Don Custodio y Glocester (Mourelo) se fijan en esto.  El Magistral se siente algo aturdido y no sabe si llamarlo amor.  ¿Serán los nervios?  Se acuerda que no avisó a su madre que comería fuera.  Visita al obispo.  El obispo le huele el alcohol del coñac.  Le dice que su madre lo había estado buscando.  El obispo se ve como un padre débil de Fermín y ve a doña Paula como una mandona.  Fermín vuelve al Espolón para ver de nuevo los coches del marqués (de vuelta).  Ve los coches.  Van todos alegres.  Va al caserón de los Ozores.  Va a observar la casa del marqués.  Oye un beso, pero ve que es Obdulia.

Capítulo Quince:
       Llega Fermín a casa de doña Paula.  Está la madre furiosa.  Fermín se fija en que Teresina está muy guapa aunque le parece antipática.  Doña Paula acusa a Fermín de no tratar de evitar escándalos, como en el caso de la Brigadiera.  Le recuerda que lo sacó de la pobreza.  Tentía un cariño opresor Paula por Fermín.  Era su capital.  No es tierna con él.  Ha sacrificado mucho por él (p. 547).  En Matalerejo Paula Raíces vivió muchos años al lado de las minas de carbón en que trabajaba su padre (Antón Raíces), un miserable labrador que ganaba la vida cultivando maíz y patatas.  Las carboneros sí hacían dinero.  De niña Paula era rubia, tenía los ojos casi blancos de azul claro, y en el alma tenía toda la codicia del pueblo.  Paula ve su miseria diariamente.  Su padre se emborrachaba en la taberna y gastaba su dinero en el juego.  A los nueve años, Paula, como una mazorca, ya no se reía.  Tenía un juicio firme y frío.  Hablaba poco y miraba mucho.  Desprecia la pobreza y quiere volar.  Se da cuenta que el cura no trabajaba y era más rico que su padre y piensa que si fuera hombre sería cura.  Decide aparentar ser devota y establece amistad con la señora Rita, ama de llaves del cura.  Al enfermarse una vez Rita, Paula la reemplazó y se quedó con el cura.  Se vistió de negro y se olvidó así de sus padres.  Murió el cura viejo y un joven cura de 30 años lo reemplazó.  Admitió a Paula.  Paula era entonces alta, blanca, fresca, de carne dura y piel fina, pero mal hecha.  Una vez trató de forzarla el cura (le habían gustado sus piernas «de hombre»).  Desde entonces se convirtió en el tirano del cura (p. 550).  Una vez le confesó ella a él que estaba encinta.  Francisco de Pas era un licenciado de artillería y había expresado interés en Paula.  Una vez la forzó.  De aquella traición acaso nació Fermín.  Todos los vecinos pensaban que era el hijo del cura.  Paula se casa con Francisco sólo al saber que va a dar a luz.  Le dice que vaya a ver al cura y que lo culpe de haber tenido relaciones él con ella para ver que le da, y que éste acepte lo que le ofrezca a la tercera vez.  Pierde así el cura todos sus ahorros pero mantiene su honor.  Venden vino Paula y Francisco pero Francisco es débil y quiebran.  Después se vuelven ganaderos.  Al nacer Fermín, su madre decide hacerlo cura.  Muere Francisco en un accidente de caza.  Hace estudiar latín a Fermín con el mismo cura de antes.  Instala su madre una taberna.  Lucha con borrachos.  Gana siempre.  Hace que su hijo la enseñe a leer.  Devora libros.  Sólo cuando crece Fermín y va a San Marcos de León a hacerse jesuita se vuelve Paula ama de llaves del cura de la Virgen del Camino.  Paula no quiere que su hija sea jesuita sino canónigo u obispo (p. 557).  Don Fortunato Camoirán hace ama de casa a doña Paula.  Camoirán saca a Fermín de San Marcos y lo puso en el Seminario a terminar teología.  Es Fermín como un hijo para Camoirán.  Es hecho después obispo de Vetusta.  Froilán Zapico es el propietario de La Cruz Roja.  Es esclavo de doña Paula.  Doña Paula casa a Juana, una criada (la anterior a Teresa), con Zapico.  Era una recompensa para ella (Juana).  Don Santos Barinaga, borracho, acusa al Magistral de simonía. Celestina es la hija de Barinaga.  Es una beata que se confiesa con don Custodio.  El Magistral se da cuenta que es medianoche y que la Regenta confesará ante él a las ocho.

Capítulo 16:
       La temporada entre octubre y abril en Vetusta es la estación odiosa en que el pueblo se vuelve anfibio (llueve).  Ana Ozores no se resigna a la temporada y se pone nerviosa por el invierno húmedo.  Don Víctor es incapaz de fumar un cigarro entero, o de querer por entero a una mujer.  El cementerio está en el lado oeste, más allá del Espolón, sobre un cerro.  Aquella tarde Ana odiaba a los vetustenses más que otros días.  Si hablara sobre sus quejas la llamarían romántica.  Si se comunicara con Víctor, él hablaría de algún cambio de régimen y programa en lugar de escucharla.  «La del Banco» (Visitación Olías de Cuervo) teme que el Magistral haga beata a Ana y que Mesía no la pueda seducir.  Quiere hacerla caer, como ella ha caído.  También Mesía se desespera del «romanticismo» de Ana.  Para él, el único amor es el material.  Pero él no sabe que la Regenta soñaba todas las noches con él.  Ana se niega a confesar respecto a la gran tentación que la empujaba al adulterio, aunque le confiesa al Magistral que no comparte la cama con don Víctor y que no hay amor entre ellos.  Ella sentía «gritos formidables de la naturaleza» (p. 19) y buscaba el amparo en la religión.  El Magistral no pregunta detalles y Ana aprecia su prudencia.  El Magistral se pregunta si es él acaso en quien sueña la Regenta y se pone colorado como una amapola.  Él no caerá en tentación, aunque, como hombre, le halaga la idea.  El Magistral se da cuenta de que su interés por Ana le hace olvidar su anhelo de poder. Por lo tanto, él la salva a ella y ella a él.  Ana ve una vez a don Álvaro Mesía en un soberbio caballo blanco pasando por la Rinconada frente a Ana.  Ana lisonjea el caballo y es locuaz con Mesía.  Mesía se pasma.  Ana piensa que si Mesía no viniera a caballo en ese momento y se arrojara a sus pies, la vencería en ese momento.  Casi le dice eso a Mesía con los ojos.  Mesía siente perder el «momento crítico» por no saber qué hacer con el caballo.  Parecía que el mundo se iba a acabar ese día de hastío.  Al llegar don Víctor a su casa se alegra de ver a Ana hablando con Mesía, a quien le ha cobrado cariño como amigo.  Se va a presentar el Don Juan Tenorio de José Zorrilla esa noche en el teatro.  Don Álvaro Mesía piensa que es mejor el Don Juan de Molière.  Esa noche, a las 8:00 PM, Ana va al teatro de Vetusta (el Coliseo de la plaza del Pan) y se sienta en el palco de los Vegallana (en compañía de la Marquesa, Edelmira, Paco y Quintanar).  Para las damas vetustenses, se va al teatro cada dos noches para pasar tres horas observando los trapos de las vecinas y amigas.  Obdulia piensa que las vetustenses eran sucias («se lavan como gatas»).   Ana es admirada por todos en el teatro.  Ana ha pasado 8 años de juventud sin amor, «sin fuego de pasión alguna» (p. 35).  Se nota que los burgueses desprecian a los nobles, pero los admiran (p. 42).  Don Álvaro observa a Ana desde su palco y una vez se sonríen. Pepe Ronzal se fija en esto y siente envidia de su rival Mesía.  Ana se identifica con doña Inés en su claustro y piensa en Mesía al ver a don Juan.  Le gustaría poder haber vivido en la época de don Juan (el siglo XVI).  Acaso Vetusta habría sido más divertida.  Don Álvaro deja su palco y se siente junto a la Regenta.  Víctor se ha sentado en el palco de don Álvaro.  Don Álvaro quiere pisarle un pie a la Regenta o tocarle la pierna, pero no encuentra ni una ni otra parte.  Ana se estremece, como si presenciara un presentimiento, al ver que don Juan dispara y mata al Comendador de Calatrava (padre de doña Inés en el drama que presencian) y piensa que el Comendador es Víctor y Mesía don Juan.  Se sale Ana del teatro, en compañía de la Marquesa, para no ver el final del drama y quedarse con una buena impresión de la obra.  Don Víctor se queda hablando con don Álvaro: le cuenta éste que es un hombre pacífico (dejó la regencia para no tener que firmar más sentencias de muerte) pero que si su mujer le fuera infiel la haría sangrar a ella [como don Gutierre en El médico de su honra de Calderón] y, a su amante, lo desafiaría a un duelo con espada o pistola, armas que él maneja bien.  Esto preocupa a Mesía.  Ana duerme y despierta tarde.  Tenía una sonrisa en la boca.  Petra le dice que llamaba en sus sueños a su esposo («¡Víctor, Víctor!»).  Ana se da cuenta de que Petra le miente, pues ella sólo llama «Quintanar» a su marido.  Además, la doncella tiene una sonrisa no disimulada al decir esto.  Ana recibe una carta firmada «Fermín de Pas» (en lugar de «capellán»).  Ana se había olvidado del Magistral.  Le dirá que tenía una jaqueca.  Petra, aparentemente, está en el servicio del Magistral.  Se da cuenta de que Ana está siendo disputada por dos hombres, uno diablo y otro santo: Mesía y el Magistral («¡Así en la tierra como en el cielo!» [p. 57]).

Capítulo 17:
       Se encuentra don Fermín de Pas con Ana Ozores de Quintanar en el Parque.  Se da cuenta el Magistral que la Regenta le había mentido sobre la jaqueca.  Se molesta el Magistral por el hecho de que Ana hubo ido al teatro la noche anterior (prohibido en Cuaresma).  Piensa el Magistral que su influencia moral sobre la Regenta había perdido crédito.  El Magistral le recomienda a Ana que no confiese por la mañana, pues él confiesa pocas veces a esa hora y sus enemigos se han dado cuenta de que él está haciendo una excepción en el caso de doña Ana.  El Señor MoureloGlocester») duda de la piedad de doña Ana Ozores de Quintanar.  El Magistral le recomienda a doña Ana que en ocasión sería buena idea hablar fuera de la iglesia (v. gr., en la casa de doña Petronila, el «Gran Constantino» y el «obispo-madre»).  Ana se da cuenta de lo hermoso y fuerte que es el Magistral, y de su fama, entre gente mal pensada, de ser un hombre enamorado y atrevido.  El Magistral se queda pasmado por su audacia.  Al Magistral le encanta oír hablar a la Regenta.  A la vez, las confesiones emborrachaban a Ana.  Ana no quiere vegetar como otras mujeres.  Le cuenta Ana al Magistral su experiencia «divina» en el teatro.  El Magistral la regaña por haber ella pensado en Dios al ver el abrazo de los libertinos y sacrílegos amantes de Don Juan Tenorio.  El Magistral le sugiere a Ana que se haga beata para entrar en el camino de la perfección.  Necesitaría asistir a todas las fiestas del culto, asistir a más sermones y misas, a las novenas, y hacerse socia activa de la sociedad de San Vicente, visitar a los enfermos, entrar en el Catecismo, leer las vidas de santos (v. gr. Santa Teresa de Jesús [doctora mística y fundadora de varios conventos carmelitas] y Santa Juana Francisca, María de Chantal [fundadora de la Orden de las Salesianas]), etc.  Así se elevará a la idea santa de Dios sin necesidad de Zorrilla u otro poeta alguno.  Llega don Víctor a su casa.  Doña Ana no quiere que sepa que ha estado hablando con el Magistral más de una hora en el comedor.  Víctor no pregunta por su mujer al entrar.  Solía olvidarla.  Petra, la «rubia lúbrica», quiere engraciarse con el Magistral. Frígilis, el amigo de don Víctor, se fija en el guante de un canónigo en una butaca y le pregunta a Petra quien ha estado ahí esa noche.  Petra le dice que el guante es de doña Ana.  Petra esconde el guante en su «seno de nieve apretada» (p. 82).

Místicos:


Santa Juana Francisca de Chantal

Tomás de Kempis

Santa Teresa de Jesús (de Ávila)

Capítulo 18:
       Tomás CrespoFrígilis») ama la lluvia y se lleva a don Víctor lejos de Vetusta, cerca del mar, a las praderas y marismas solitarias.  Salían al ser de día en el tren correo y llegaban a Roca Tajada una hora después.  Llegaban de vuelta a Vetusta a las 10:00 PM, cargados de «ramilletes de pluma» (aves).  La vocación de Crespo era la naturaleza.  Quintanar había llegado a viejo sin saber su destino en la tierra.  El ex-regente era de blanda cera.  Si Ana hubiera sido dominante, él se habría convertido en su esclavo.  Los criados le imponían su voluntad.  Los cocineros preferían agradar al ama.  Era aficionado de teatro casero.  Se había hecho regente de la Audiencia de Granada por las buenas relaciones de los suyos, pero odiaba los pleitos y prefería ser artista y actor de teatro.  Era también inventor y cazador.  Don Tomás Crespo lo ha formado a su imagen.  Víctor no sabe si quiere más a su Ana del alma o a Crespo, aquel pedazo de su corazón.  Ana envidia a su marido la dicha de huir de Vetusta.  No se explica cómo Visita y Obdulia son felices a pesar de la lluvia.  La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía.  Leía novelas de viajes al polo, de cazas de osos, de acciones en Rusia o el norte de Alemania.  El Marqués desaparecía de Vetusta para preparar sus elecciones en los pueblos rurales, pues para él «no había afrodisíaco mejor que el frío» (p. 90).  La Marquesa daba tertulias cada noche en invierno.  Ahí se murmuraba del mundo entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba prosaica y sensualmente.  Ana se aburre recitando plegarias de memoria en casa de doña Petronila.  Ana se aburre. Fermín la manda ir a la iglesia.  Víctor apenas pasa tiempo en casa.  Sus invenciones se le habían sublevado.  Juega al ajedrez en el casino.  Ana prefiere que Víctor no esté en casa, pues su esposo «le iba pareciendo más insustancial cada día» (p. 95).  El pobre se pone chueca la corbata, tiene pensamientos baladíes, etc.  Odia Ana a Frígilis por haberla casado con Víctor.  Frígilis se dedica ahora a sus árboles.  Es una máquina agrícola, entorpecida por la vida de Vetusta (p. 97).  El Marquesito y «la del Banco» se sorprenden de que Mesía no haya conquistado todavía a doña Ana, a pesar de que su voluntad estaba ya conquistada.  Paco creía que Frígilis era espiritista (NB: el espiritismo [Allan Kardec] comienza a difundirse por el mundo a partir de 1848).  Mesía se cree derrotado por causa del Magistral.  Piensa que Ana es una mujer rara, una histérica (p. 98).  Visita se enoja por haber resistido tanto doña Ana, mientras que ella resistió por menos tiempo.  Hasta el Magistral se siente frustrado por la inercia y aburrimiento de Ana por cosas espirituales.  La había espiado desde el campanario con su telescopio y había visto cómo después de cinco minutos había arrojado el libro de Santa Juana Francisca con desdén sobre un banco.  Después vio a Víctor y Mesía y como Mesía hablaba con Ana, algo que enfurece a Fermín, quien piensa que acaso Ana sueña con él de noche.  Después de ocho días se presenta Ana en el confesionario de don Fermín.  Descripción de doña Petronila: era alta, ancha de hombros y con la apariencia de virgen vetusta como consecuencia de su larga viudez.  Ana se siente enferma, como «un montón de arena que se desmorona».  Teme volverse loca.  Ana debe hacer obras, «remedios enérgicos».  El Magistral coge de la mano a la Regenta.
 


Allan Kardec (1804-1869)
Espiritista francés

Mesmer hipnotizando a una paciente suya

Franz Anton Mesmer (1734-1815)
Médico, astrólogo y «mesmerista» alemán

Capítulo 19:
       El médico de Vetusta, don Robustiano Somoza, atribuía las enfermedades de marzo a la «Primavera médica».  Ana tiene fiebre.  Anselmo llama al médico, Servanda le prepara té de tila; Petra la cuida; Víctor anda en las marismas de Palomares.  Extraña Ana a su Quintanar, su marido, amigo, padre y madre, todo.  Visita piensa que cuando Ana se enferma se parece a la Virgen de la Silla de Rafael.  En el sonreír parece una santa, aunque Paco piensa que «estaba apetitosa».  Paco pellizca a Petra.  Culpan a Frígilis de la ausencia de Quintanar.  Frígilis cree en los monos y el darwinismo.  Llega Víctor a las 10:15 PM.  Cubre de besos en la frente Quintanar a su esposa.  Víctor quería volver temprano a casa para ir al teatro.  Ana no puede dormir hasta la 1:30 AM.  Ana delira.  A los cuatro días, don Robustiano manda a un médico joven (Benítez), su protegido, para no ver la muerte de un ser querido.  El joven médico piensa que Ana no está gravemente enferma pero que durará tiempo en recuperarse (NB: en efecto, los síntomas de Ana son típicos de la neurosis, histeria o histeroneurastenia: debilidad, exaltación, falta de control sobre los miembros, visión disminuida, palpitaciones, crisis de los nervios, pesadillas, delirios, miedo a enloquecer.  ¿La cura?  Tener niños y relaciones sexuales).  Víctor permanece al lado de su enferma esposa aunque después se aburre de los nervios de Ana (la acción de la novela empezó en 1876; es ahora 1877 o 1878 [Alfonso XII sube al trono en 1875]).  Ana se siente sola en el mundo.  Lee las Obras de Santa Teresa.   Mesía recobra la esperanza de seducir a doña Ana y se hace íntimo amigo de don Víctor.  Después del casino tomaban cerveza alemana en casa de don Víctor.  Víctor le enseña a Mesía la cadena de Segismundo que él usó al representar una vez La vida es sueño de Calderón.   Respira Ana con delicia la presencia de Mesía en su casa, ya que éste nunca se propasaba y la veía con amor.  Fermín ve con su catalejo (telescopio) que se van al campo la Regenta, Quintanar, Mesía y Frígilis.  Recuperó la salud doña Ana, quien aprecia la prudencia, paciencia y martirio de Mesía, pues ha de ser un martirio tener que hablar con Víctor.  Vivía Ana menos aburrida también, pues ni permitía a don Álvaro acercarse ni le rechazaba.  Empieza a frecuentar de nuevo la casa de la Marquesa de Vegallana.  «La del Banco» se la comía a besos.  Visita quiere meterle el demonio, el mundo y la carne a doña Ana.  El Magistral se enoja con Ana y piensa que ella no lo considera digno de ser su padre (ya no hermano) espiritual.  Ana llora y acompaña al Magistral a casa de doña Petronila.  Pero su fe era tibia.  Entra Ana en todas las cofradías, pero sin muchas ganas.  Ahora ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos.  Ana se desespera con las beatas y de su «vida de idiota» y cae enferma de nuevo.  Devora de nuevo las obras de Santa Teresa.

Capítulo 20:
       Don Pompeyo Guimarán, presidente de la Libre Hermandad, era de familia portuguesa. Don Saturnino Bermúdez, el arqueólogo y etnógrafo de Vetusta, quien dividía a todos sus amigos en celtas, iberos y celtíberos sin más que mirarles el ángulo facial (NB: fisionomía) o palparles el cráneo (NB: frenología), aseguraba que don Pompeyo tenía mucho de lusitano, no necesariamente en el cráneo sino en el abdomen.  O sea, tenía algo de panza.  Para don Pompeyo le era indiferente esta cuestión, pues tan español era un portugués como un castellano o un extremeño: hacía una calurosa defensa de la Unión Ibérica (NB: La Unión Ibérica [con Salustiano Olózaga y el general Juan Prim] había propuesto al rey consorte viudo de Portugal, don Fernando II de Coburgo [de la casa belga de Saxe-Coburg-Gotha, y quien no se interesó en el puesto] en 1869-1870 como candidato al trono de Isabel II después de la Septembrina o Gloriosa Revolución, que derrocó a Isabel II del trono).  Era un altruista (positivista y seguidor de Auguste Comte).  Tenía haciendas procedentes de bienes nacionales (cf. la desamortización de Mendizábal) y con esa renta vivía él, su esposa Gertrudis y sus cuatro hijas casaderas.  Era ateo y liberal.  Aborrece al clero.  Es ateo pero no muerde.  Olía mal.  Era el único pensador de Vetusta.  Habla de ateísmo en el casino pero nadie quiere oírlo, así que se retira.  Habla con Frígilis, pero lo considera panteísta (krausista).  Además, no cree en el darwinismo.  Después de retirarse del casino iba de café en café.  Hace un prosélito de don Santos Barinaga, apóstata.  Ambos deciden odiar al Magistral y a doña Paula.  Se habla de que el Magistral está tratando de seducir a la Regenta.  Los afectados esperan que esta noticia no llegue a oídos del Obispo. Barinaga golpea cada noche la puerta de La Cruz Roja y acusa al Magistral de simonía.  Algunos obreros de la Fábrica vieja hablaban de ahorcar al clero en masa.  Los trabajadores carlistas callaban, por respeto a la religión, pero temían al Magistral por rico.  La multitud obrera no hablaba de «las faldas» (no les interesaba).  Se hablaba sólo de la revolución social (El Manifiesto Comunista de Marx es de 1848; en 1864 se funda la Primera Internacional [Asociación Internacional de Trabajadores {AIT}]; en 1871 ocurre el gobierno popular federativo [o la insurrección de] la Comuna de París).  Ellos veían al clero como a los demás burgueses (como opresores del trabajador).  Se desea colgar al Provisor y a los demás miembros de la «clerigalla».  Mesía odia al Provisor también, pero sólo por razones personales (la Regenta).  Ana estaba bastante delgada y pálida como una muerta, hermosísima, pero a lo romántico.  Mesía se pregunta cuándo empezará a comer bien para recobrar ella los impulsos sensuales.  Se siente apenado de no haber vencido todavía.  ¿Qué pensarán Visita, Obdulia, Ronzal?  Pensarán que el cura lo derrotó.  Hay que destruir al tirano eclesiástico del Magistral ayudando a Foja, Glocester y los demás enemigos del Provisor. Mesía tenía celos, envidia y rabia. Mesía quería que el ateo de Pompeyo Guimarán volviera al casino.   Se celebrará la «restauración» de Guimarán con una buena cena en el casino.  Fueron por él (Guimarán) el Marquesito, el señor Foja, ex-alcalde, y Joaquín Orgaz.  Guimarán se sorprende de que el hijo del Marqués de Vegallana venga a pedirle su restauración.  Cena de doce en el Casino: Pompeyo Guimarán, Álvaro Mesía, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo, don Frutos Redondo, el capitán Bedoya, el coronel Fulgosio (desterrado por republicano), Juanito Reseco (periodista en Madrid), un banquero y varios jóvenes de la bolsa de Mesía.  Se emborrachan y hablan de mujeres y de su honor perdido.  En su opinión, las mujeres son generalmente lascivas; por amor puro se entregan pocas.  El «cuadro» de los doce y su caudillo Mesía recordaba la Cena de Leonardo de Vinci (comparación sacrílega).   Mesía habla de la seducción de Angelina, hija de un maestro de la Fábrica vieja.  Empezó seduciendo a sus parientes (padre, madre, abuela, hermanos).  Sin embargo, a veces hay que usar la fuerza, en su opinión.  Mesía habla de un combate de amor que duró tres noches, con una panera aldeana llamada Ramona.  La forzó Mesía finalmente a la tercera noche.  Risa general.  Hablan de hacer guerra al clero que comercia con las cosas santas y de dar muerte al señor Provisor.  Cenarán los doce una vez al mes para hacer guerra al Provisor.  Hablarán al Obispo del indecoroso abuso del confesonario.  Por el Chato se entera doña Paula de lo ocurrido.  Ella piensa que la Regenta tiene embrujado a Fermín.  Mesía se irá a las provincias por el verano, hasta finales de septiembre.  Víctor ha empezado a leer la Imitación de Cristo (Imitatio Christi) de Tomás de Kempis (Thomas à Kempis) [místico alemán: 1380-1471], un libro que «quita el humor».  Ana no reacciona al oír que Mesía se retira de Vetusta por un tiempo.
 


El Manifiesto comunista de Marx y Engels
(Manifest der Kommunistischen Partei)

La Comuna de París

La AIT
(Primera Internacional)

Himno de L'Internationale  (París, 1871) 
de Eugène Pottier
(versión comunista española abajo)
 
 
 

 

¡Arriba, parias de la Tierra!

    ¡En pie, famélica legión!
    Atruena la razón en marcha:
    es el fin de la opresión.

    Del pasado hay que hacer añicos.
    ¡Legión esclava en pie a vencer!
    El mundo va a cambiar de base.
    Los nada de hoy todo han de ser.

    Agrupémonos todos,
    en la lucha final.
    El género humano
    es la internacional. (Bis)

Ni en dioses, reyes ni tribunos,
    está el supremo salvador.
    Nosotros mismos realicemos
    el esfuerzo redentor.

    Para hacer que el tirano caiga
    y el mundo siervo liberar,
    soplemos la potente fragua
    que el hombre libre ha de forjar.

    Agrupémonos todos,
    en la lucha final.
    El género humano
    es la internacional. (Bis)

La ley nos burla y el Estado
    oprime y sangra al productor;
    nos da derechos irrisorios
    no hay deberes del señor.

    Basta ya de tutela odiosa,
    que la igualdad ley ha de ser:
    «No más deberes sin derechos,
    ningún derecho sin deber».

    Agrupémonos todos,
    en la lucha final.
    El género humano
    es la Internacional. (Bis). 

Capítulo 21:
       Ana lee los 40 capítulos de la Vida de Santa Teresa escrita por ella misma.  Trata de ver semejanzas entre la vida de la santa y la suya.  Tiene temor de Petra, a quien considera antipática.  Fermín está contento con el progreso espiritual de Ana.  Petra le lleva a Teresina una carta de tres pliegos de parte de Ana para el Provisor. Teresina está más pálida y delgada, pero más contenta.  «Teresina era ya toda del señorito» (p. 192) y ya nada decía a doña Paula respecto a las cartas que recibía el señorito.  Ana quiere convertir a su esposo Víctor y lo está haciendo leer libros de devoción para que se olvide de las patrañas de comedias que lee.  Fermín valora mucho su intimidad con Ana, que le hace olvidar envidias, ambiciones y las calumnias de sus enemigos.  Va Fermín a la catedral y trata bien al Palomo.  Hasta saluda bien a Glocester.  Éste piensa que disimula y que acaso ya ha habido adulterio.  No le gusta pensar esto de la Regenta, por envidia que le tiene al Magistral, pero piensa que es necesario pensar en este delito para hundir a su enemigo.  Fermín va a la Iglesia de Santa María la Blanca para el catecismo de niñas.  El Magistral se siente como el pez en el agua entre aquellas rosas que ya tenían transparentes de malicia.  Le gusta manosear los cabellos de esos «ángeles menores».  Le traen recuerdos de su juventud, lo cual demostraba que todavía era joven.  Don Fermín visita a Ana y Víctor.  Ya era amigo de confianza.  Ana le habla de Santa Teresa.  Fermín teme sus inclinaciones místicas y que pudiera caer en éxtasis.  Víctor le tiene horror a dos cosas: al magnetismo (NB: Franz Anton Mesmer: 1734-1815, iniciador de la terapia hipnótica) y al éxtasis.  Víctor tiene miedo de que Ana se haga santa «si Dios no lo remedia» (p. 210).  Ana recobra el apetito y ahora tiene sueños castos.  Ana piensa en usar un cilicio (Eng. hairshirt), pero el Magistral le había prohibido «tales tormentos sabrosos» (p. 214).  Ana lleva a su esposo Víctor a confesarse con el Magistral.  Ana recibe con tranquilidad visitas de Álvaro.  Pero después se pone a pensar en él de nuevo.  Visita le cuenta a Ana sobre una conquista reciente de Mesía a la esposa de un ministro.  Ana tenía celos, por lo tanto, amor.  Ana llora por la noche y decide consagrarse a obras de caridad.  Ana decide que quiere hace feliz al Magistral.  El Magistral se preocupa por no saber adónde iba a parar eso.  Sabe también que el primer descuido suyo asustaría la Regenta para siempre.  Víctor se siente incomprendido y triste.  Fermín y Ana se ven todos los días. Don Fermín y Teresina comparten pan mojado en chocolate todas las mañanas.  Él se lo pone a ella en la boca y él («el señorito») se come la otra mitad del pan.


Cilicio (hairshirt)

éxtasis de Santa Teresa 
(transverberación)

Cilicios usados para la mortificación 
de la carne en ejercicios espirituales

Capítulo 22:
       El señor Arcediano don Resituto Mourelo, «Glocester», venía alegre de los baños de Termasaltas para emprender otra campaña contra el simoníaco y lascivo Magistral.  Todos regresaban del campo con ansias de chismes, pues en los pueblos no hay de qué hablar.  «¡Su Vetusta querida! Oh, no hay como los centros de civilización para despellejar cómodamente al prójimo» (p. 232).  Las amistadas falsas ahora se renovaban.  La murmuración se animaba.  Ese año sólo se hablaba del Magistral.  Don Santos Barinaga se moría sin remedio, de hambre. Rosa Carraspique (Sor Teresa) había muerto de tuberculosis en el convento.  Se culpa al Magistral de esto.  «Es un vampiro espiritual que chupa la sangre de nuestras hijas» (p. 239).   Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba.  Doña Paula, preparada para la tormenta, cobraba deudas.  Víctor restituye la amistad con Álvaro al volver éste de Palomares.  Resiente el poder jesuítico del Magistral en su casa: «Sí, mi casa es otro Paraguay» (p. 242).  Esto hace que Ana y Fermín hablen más a menudo en casa de doña Petronila.  Ambos se confiesan y callan a la vez.  Aparentemente hay algún tipo de relación entre Teresina y el Magistral (pp. 244-45).  Ana está enamorada de Mesía.  No se atreve a confesarle esto al Magistral.  Destrozaría el encanto de su relación espiritual con él.   Foja, Mourelo, don Custodio, Guimarán, El Alerta, don Álvaro y Visitación Olías de Cuervo tratan de derrumbar el poder del Magistral.  En el lecho de muerte, don Santos había dado plenos poderes a su amigo Pompeyo Guimarán, el ateo de Vetusta, para rechazar cualquier intento eclesiástico para salvarle el alma al apóstata.  Su hija Celestina llora y don Santos la llama hipocritona por dejarlo morir de hambre.  Foja, los Orgaz, Glocester, don Álvaro Mesía y los redactores de El Alerta visitan a don Santos pero no se atreven a dejarle una limosna.  Don Francisco Carraspique, el carlista, también lo visita para ayudarlo espiritualmente.  Santos lo rechaza. Don Antero, cura de la parroquia, trata de hacerle confesar sus pecados, pero don Santos confiesa sólo que se muere de hambre por falta de pan, alcohol y cigarros.  El Obispo trata de visitar a don Santos pero Fermín no lo deja.  Tendrá que ser enterrado en forma civil y no eclesiástica.  Un trabajador socialista y cristiano llamado Parcerisa pide que se debe arrastrar y colgar de un farol al Magistral.  Foja dice que si Santos muere fuera del seno de la Iglesia morirá como judío y la culpa será del señor Provisor.  Muere don Santos al amanecer.  El entierro es de noche para que los trabajadores socialistas puedan asistir al entierro.  Don Santos murió como un perro por culpa del Provisor.  Muchas amistades perdió el Magistral aquella tarde.  Llueve constantemente al llevar el cuerpo difunto de don Santos al cementerio civil.  Don Pompeyo Guimarán sale del cementerio el último: «Era su deber» (p. 269).


Fosa común de Oviedo (el Cementerio Civil)



El éxtasis de Santa Teresa de Gianlorenzo Bernini (1652). 
Crucero occidental (left wing) de la iglesia de Santa Maria della Vittoria (Roma).

Ejemplos de poesía y prosa de Santa Teresa de Jesús:

     Tiróme con una flecha
enarbolada de amor, 
y mi alma quedó hecha 
una con su criador; 
ya yo no quiero otro amor, 
pues a mi Dios me he entregado, 
que es mi amado para mí 
y yo soy para mi Amado. 
     ¡Ay, que larga es esta vida! 
¡Qué duros estos destierros! 
Esta cárcel, estos hierros 
en que el alma está metida. 
Sólo esperar la salida 
me causa dolor tan fiero, 
que muero porque no muero. 
     ¡Oh muerte benigna, 
socorre mis penas! 
Tus golpes son dulces, 
que el alma libertan. 
¡Qué dicha, oh mi Amado, 
estar junto a ti! 
Ansiosa de verte 
deseo morir 
     La vida terrena 
es continuo duelo; 
vida verdadera 
la hay sólo en el cielo. 
Permite, Dios mío, 
que viva yo allí. 
Ansiosa de verte 
deseo morir 
     Hoy nos viene a redimir 
un Zagal, nuestro pariente, 
Gil, que es Dios omnipotente 
Viene pobre y despreciado, 
comenzadle ya a guardar . . . 
no nos lleven el Cordero: 
¿no ves que es Dios soberano? 
     En la oscuridad mi luz, 
mi grandeza en puesto bajo. 
Mi lauro está en el desprecio, 
mi dignidad sea el rincón 
y la soledad mi aprecio.
Moradas:
«[E]s que no se ve cosa ni interior ni exteriormente, porque no es imaginaria; mas sin verse nada, entiende el alma quién es . . . [es] como si una persona sintiese que está otra cabe ella, y porque estuviese a oscuras no la vemos, cierto entiende que está allí, salvo que no es comparación  bastante».

Capítulo 23:
       Hacía mil ochocientos setenta y tantos años que había nacido el Niño Jesús (fecha de la novela).  Es Nochebuena. Obdulia Fandiño oía la misa en pie, apoyando su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de Vegallana.  Para la de Fandiño, la religión era apretarse, estrujarse sin distinción de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tenía muy confusa idea.  Don Pompeyo Guimarán, a pesar de ser ateo, tener fiebre y estar borracho, acompaña a los doce del casino a la misa del gallo.  Ana ve a Mesía vestido de rojo.  Estaba muy hermoso el enemigo en traje de Mefistófeles.  Si daba tres pasos podía tocarla a ella.  En el pórtico encontró Ana al Magistral.  Estaba pálido.  Ana está dispuesta a seguirle ciega al fin del mundo, pues entre él y Santa Teresa la han salvado.  La sonriente Petra, quien se separa dos pasos para dejar hablar a Ana con el Magistral, le parece más antipática a Ana.  Ana piensa que en efecto se parece a la Virgen de la Silla de Rafael, «pero le faltaba el niño» (p. 283).  A veces tenía miedo de volverse loca.  En vez de Dios se le presentaba Mesía.  «La necesidad del amor maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una vaguedad tierna, anhelante [. . .]  ¡Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia [. . .]!» (p. 283).  Ana visita esa misma noche (a la una de la mañana) en su casa a su esposo Quintanar.  No dormía.  Declamaba poesía dramática y esgrimía en el aire desde su cama.  Necesitaba cariño y palabras dulces, a lo que tenía derecho (relaciones íntimas con su esposo), pero se encuentra a su esposo «como muñeco de resortes que salta en una caja de sorpresa» y se llena de indignación (p. 285).  Ana piensa que si Álvaro se le presentara esa misma noche y le declarara su amor, ella, siendo «carne flaca», sucumbiría ante él.  Se deja caer desnuda sobre la piel de tigre.  Empuña entonces los zorros de ribetes de lana negra  (instrumento para sacudir [«disciplinar»] muebles) y azota «sin piedad [. . .] su hermosura inútil una, dos, diez veces . . .» (p. 286).  Muerde con fuerza la almohada y se queda dormida.   A las ocho de la mañana pasa por la casa del Magistral y oye misa.  Después pasan Ana y De Pas al salón de doña Petronila Rianzares.  El descrédito de don Fermín no había llegado al círculo de doña Petronila, donde nadie dudaba de, ni discutía, la virtud del Provisor.  Está pálido el Magistral y le cuenta a Ana cómo la noche anterior Mesía y sus amigos borrachos habían pasado por la casa del Provisor gritándole Orgaz a Mesía que ahí vivía su rival, Fermín de Pas.  Ana se espanta.  Fermín también era hombre, podía ser su rival.  No era el Fermín de antaño.  Ana le jura a Fermín no separarse jamás de él.   Van a misa.  Petronila besa a Ana en la frente y la llama «rosa de Jericó» (símbolo de la Virgen María).  Buscan sitio al pie del altar de la Concepción para ver mejor a don Fermín mientras celebra misa.  Habla doña Petronila: «--¡Mírele usted, está hoy lo que se llama hermosísimo ese apóstol de los gentiles!  ¡Qué roquete! [sobrepelliz o vestimenta blanca de un sacerdote] Parece de espuma . . . .  En el nombre del Padre . . ., del hijo . . . y del Espíritu . . . Santo . . . » (p. 291). 


Roquete (sobrepelliz)
Capítulo 24:
       A insistencia de Quintanar, Ana va al baile del Casino.  Era lunes de Carnaval (los tres días que preceden al comienzo de la Cuaresma cuando se deja de comer carne). Mesía piensa que la mayor parte de las señoritas de Vetusta están entregadas en cuerpo y alma a los jesuitas y que probablemente traen silicios (hairshirts) debajo de la camisa.  Quintanar se pone colorado por la posible alusión a Ana.  Hará que Ana asista al baile del Casino.  Ya no leía a Kempis ni temía los horrores del infierno.  Su esposa ya no iba para santa tampoco, así que ya no le da miedo.  Se presenta Ana en el baile y es admirada de todos, incluso del barón de la Barcaza (el de la «Deuda flotante» por los muchos acreedores que tiene el magnate), en un tiempo enamorada de ella, a pesar de la señora baronesa y sus tres hijas flacas, pobres, orgullosas y desdeñosas de los demás, apodadas «Las tres desgracias»  (Rudesinda [la mayor, una «belleza ojival» {como si fuera una torre gótica con un arco apuntado} según don Saturnino Bermúdez]; Fabiolita, la hija segunda; y la menor, que tiene 26 años).  Las señoritas de la clase media (no nobles) se vengaban del desdén de las niñas aristocráticas contándoles los huesos de la pechuga a las niñas ricas, quienes todas eran delgadas.  El poeta Trifón Cármenes se atreva a bailar con Fabiolita, quien no le hablaba, salvo con monosílabos; Trabuco con Olvido Páez, quien no le miraba siquiera; Joaquín Orgaz con una americana muy rica y muy perezosa.  A las dos de la mañana, Visita le cuenta a Ana sobre la conquista de Álvaro Mesía a la ministra.  Es hora de cenar.  Ana se sienta entre la Marquesa y don Álvaro.  Enfrente, Quintanar, un poco alegre, finge enamorar a Visita recitando versos.  Álvaro roza y aprieta el pie de Ana.  ¡A bailar!  Quintanar le dice a Ana que baile con Mesía.  Es una polka.  Ana siente un infinito placer en brazos de Mesía.  Se desmaya después.  Le había dado un ataque. Paco, el Marquesito, felicita a Mesía: «¡Bravo!  ¡Al fin! ¿Eh?» (p. 313).

Polka

Capítulo 25:
       Al día siguiente, Glocester, sin compasión, le cuenta al Magistral cómo la Regenta se había desmayado en brazos de don Álvaro.  Era la primera vez que el puñal de aquel sapo de Glocester le llegaba al corazón de don Fermín.  Piensa el Magistral en su madre, quien nunca le había hecho ninguna traición.  Pero no puede hablar con ella sobre esto.  Estaba auténticamente enamorado.  El era su esposo espiritual y se sentía deshonrado. Don Víctor era un idiota.   Fermín hace que la Rianzares llame a Ana.  Al llegar Ana, doña Petronila se retira y los dejas solos para que hablen.  Le dice a la criada que si llaman no está.  Pasa entonces al oratorio.  Ana se excusa diciendo que la emborracharon.   Dice que no tiene madre y que está sola.  Fermín le toma las manos.  Ana quiere que su «hermano» la salve y que Santa Teresa la ilumine.  Fermín dice que él también es de carne y hueso y necesita un alma hermana, pero fiel, no traidora.   Ana dice que Quintanar insistió que Ana bailara con Mesía.  Ana no puede decirle a Fermín que estaba enamorada de Mesía: «¡Primero a su marido!» (p. 320).   Ana se da cuenta que el Magistral está enamorado de ella como un hombre de una mujer.  Moría de celos.  No es el hermano mayor del alma sino un hombre que debajo de la sotana oculta pasiones, amor, celos, ira.  «Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo viscoso y frío» (p. 322).  Su padre había tenido razón: «el clérigo era como los demás, el celibato eclesiástico era una careta» (p. 322).  Ana piensa que tanto el Magistral como Petronila querían corromperla.   Ana sale y va a su casa.  Ve a Quintanar y se da cuenta de que quiere a su esposo como a un padre; hasta se parece a don Carlos, su padre.   Ana piensa que Fermín no es un malvado sino un desgraciado.  Es absurdo enamorarse siendo canónigo.  A pesar de ello, es digno de compasión, pero Petronila no.   Fermín la quería toda para sí; todo había sido una preparación, pero ¿para qué?  Mesía era más noble.  Anunciaba el golpe.  Su pasión era ilegítima pero no sacrílega y repugnante como la del otro.  ¡Los dos hombres la amaban!  Pero ella no puede ser de ninguno.   Buscará su refugio en el hogar, con su Quintanar, Frígilis, sus cacharros y manías y el teatro español a cuestas.  «¡Si tuviera hijos le darían tanto que hacer!  ¡Qué delicia!  Pero no los había.  No era cosa de adoptar a un hospiciano [huérfano]» (p. 326).  Mientras tanto, Mesía no tenía apuros.  Pensaba dejar que pasara la Cuaresma (Eng. Lent [Lat. quadragesima]: período de penitencia de 40 días entre el Miércoles de Ceniza [25 de febrero en 2009] y Jueves Santo [9 de abril en 2009]).  La Pascua florida (Eng. Easter: Lat. pascuum, por alusión al final del ayuno, cuando se celebra la Resurrección del Señor [oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril]) ofrecía la mejor ocasión: «El mundo, después de resucitar Nuestro Señor Jesucristo, parece más alegre, más lícitos sus placeres» (p. 327).  Además, Mesía estaba «debilucho», pues «la señora ministra había amado mucho» (p. 327).  Cuando más lejos estaba una mujer del vicio, más exagerada era cuando llegaba a caer.  La Regenta, si caía, iba a ser exageradísima.  Mesía se preparó: leyó libros de higiene, hizo gimnasia, paseó mucho a caballo, se negó a acompañar a Paco en sus aventuras fáciles, se acostaba temprano, madrugaba.  En la calle Mesía & Fermín se saludan.  Mesía teme que Fermín le pegue y Fermín teme pegarle.  Vuelve el invierno con todos sus rigores.  A la mitad de Cuaresma pasaron por la ciudad unos jesuitas (el Padre Maroto y el Padre Goberna [francés]; después viene el Padre Martínez).  Vuelve el invierno y sus lluvias.  Vuelven las aprensiones de Ana y hora sin el Magistral con quien hablar.   Los jóvenes de la ciudad, ya fueran carlistas o liberales, iban a misa a ver a las muchachas.  Contemplando a la Madre Dolorosa, Ana quiere volver al fuego de la pasión religiosa, que era su ambiente.

Mater Dolorosa:

Mater Dolorosa

 

Los Siete Dolores de la Virgen

Los siete Dolores de la Virgen:
1º Dolor: La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús.
2º Dolor: La huida a Egipto con Jesús y José.
3º Dolor: La pérdida de Jesús.
4º Dolor: El encuentro de Jesús con la cruz a cuestas camino del calvario.
5º Dolor: La crucifixión y la agonía de Jesús.
6º Dolor: La lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto.
7º Dolor: El entierro de Jesús y la soledad de María.

Capítulo 26:
       Desde el entierro de don Santos Barinaga, don Pompeyo Guimarán no había estado bien de salud.  Empezaba a la vez de dudar del progreso de la Humanidad.  No había vuelto al Casino.  Se hizo misántropo.  El Dr. Robustiano Somoza recomienda que debe preparársele para bien morir.  La hija mayor de don Pompeyo, Agapita (la hija menor se llama Perpetua), le sugiere a su padre que confiese y acepte los Sacramentos.  Lo hará, con tal de que lo haga con el Magistral.  Tanto el Magistral como doña Paula se dan cuenta de la eficacia de este milagro de conversión para ellos.  Sin embargo, al recibir casi simultáneamente una carta de Ana, el Magistral opta por verla a ella (de 7:00 a 8:30 PM) antes que a don Pompeyo (a cuya casa llega a las 8:45 PM).  Fermín piensa que Ana era suya de nuevo, «su esclava».  Lo había dicho de rodillas, llorando.  Recobra Fermín la fama perdida.  Muere Guimarán en Miércoles Santo.  Se le entierra con gran solemnidad.  Los únicos furiosos son los librepensadores, que se sienten desacreditados por la cobardía y debilidad de Guimarán.  Ana Ozores decide hacerse nazarena (penitente) descalza.  El único nazareno que ha tenido Vetusta ha sido Belisario Zumarri («Vinagre»), el maestro más sanguinario de Vetusta.  Al ver Obdulia la carne blanca, dura, turgente (sinuosa), significativa y principal de Ana vestida de nazarena y con los pies descalzos, siente un vago deseo de «ser hombre» (p. 361).  A los nobles les parece de mal gusto que Ana se exponga así públicamente.   Sin embargo, el populacho religioso se impresiona y ve a la Regenta como una santa.  Quintanar, fastidiado, jura que preferiría ver a Ana en brazos de un amante que del fanatismo religioso.  «Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor», declara don Álvaro Mesía.


Nazarenos (penitentes) en Semana Santa

Capítulo 27:
       Ana ha sido curada por el joven médico Benítez.  Coquetea con su esposo.  A Quintanar le encanta el cambio.  Ana piensa que vive con sangre pura y corriente en medio de una atmósfera saludable.  Están el el Vivero de los marqueses de Vegallana, no en Vetusta.  Sólo ve a su marido, Ana.  Ya no lee a Santa Teresa.  Es el mes de mayo.  Ha llovido todo el día.  Ana encuentra natural y hasta divertido que llueva.  Además, en el campo la lluvia es una música.  El casero de los marqueses se llama Piñón de Pepe.  Benítez había recomendado alimentos, ejercicios, baños, cambio de vida, distracción, el aire libre del campo, etc.  Ana le había recomendado la Alumnia de don Godino en Aragón a Quintanar. Mesía le había recomendado a Paco el Vivero, el cual el Marqués se lo ofrece a Quintanar, quien lo acepta.   Están con sus criados.  Hasta Petra le cae bien a Ana en el Vivero.  Subsiguientemente, los marqueses, Álvaro Mejía y los amigos los visitan.  Fermín ha sido invitado también.  Éste alquila una berlina. Petra recibe al Magistral con una coquetería voluptuosa que afecta al Magistral.  Empieza a llover fuertemente.  Fermín le insiste a Quintanar que vayan juntos con paraguas a rescatar a los «chicos». 

Capítulo 28
       Víctor acompaña a Fermín a regañadientes.  Se van a buscar a Ana (Fermín teme que Ana esté en manos de Mesía) en la casa del leñador.  Se separan y al encontrar la casa del leñador Fermín, y entrar dentro, se encuentra con Quintanar.  Sin embargo, Quintanar ha encontrado una liga de Ana dentro.   Ana se la había dado a Petra.  Quintanar tiene algo de celos, pues había cedido anteriormente a las insinuaciones de Petra, pero no pudo terminar el asunto por el fingido pudor de la criada.  Al regresar al Vivero se encuentran Fermín y Quintanar con los otros, que se ríen de las aventuras quijotescas de ellos.  Fermín se retira del Vivero de los Vegallana.  Ana se da cuenta que el Magistral se ha puesto en ridículo mostrando celos de amante.  Debe huir de él.  Mesía tenía razón.  Su propio confesor la comprometía.  Ana piensa que el pecado de querer a Mesía era menor ahora, sobre todo si sirviera para huir de los amores de un Magistral.  A pesar de todo este escabroso asunto, Ana piensa que es una delicia oír hablar a los dos «hermanos del alma» con celos uno de otro.  El juego del cachipote (un látigo con que se azota a los demás en la búsqueda de un pañuelo).  La Regenta oye la declaración respetuosa de amor de don Álvaro.   Su encanto fue irresistible.  Se olvidó Ana de todo, de maridos, de Magistrales . . . . «Se sentía caer en un abismo de flores.  Aquello era caer, sí, pero caer al cielo» (p. 424).   Ana callaba y oía.  Lloraba Mesía.  Ana sentía «un placer puramente material» (p. 426) en sus entrañas que no era el vientre ni el corazón sino en el medio (NB: en el epigastrio [“epigastrium” en la boca del estómago], sede de los síntomas de la histeria [fiebre, escalofríos, cefalea {dolor de cabeza}, mialgia {dolor de los músculos}, malestar general, anorexia {inapetencia}, vómitos y dolores en el tórax]): «Cuando se gozaba tanto, debía de haber derecho a gozar» (p. 426).  Quintanar confía en Mesía el hecho de que sus antiguas experiencias amorosas se quedan a medio camino por tibieza o encogimiento de carácter, por frialdad de la sangre, o por no tener el don de la constancia (p. 429).  Le explica después las persecuciones de Petra.  Tiene algo de celos por la liga que encontró de ella, que es prueba de su liviandad.  Le pregunta a Mesía si debe despedirla.   Ahora Visitación y Paco no hacen preguntas a Mesía.  Quintanar y Ana van a La Costa a veranear.  En agosto se presenta Mesía en La Costa.  Quintanar era feliz.  Hasta Mesía, el don Juan maduro, era feliz.  En noviembre se hizo una última excursión al Vivero.  Mesía abre el balcón de doña Ana.  Grita ésta: «¡Jesús!» (p. 442).


Herida decuchillo en el epigastrio

Capítulo 29:
       Quintanar invita a Mesía a comer el día de Navidad en su casa (un pavo lleno de nueces).  Comieron en el caserón de los Ozores.  Quintanar confía en Mesía sus temores sobre Petra.  Cree que ella lo está acosando a él.  Piensa que Petra quiere dominarlos.  Habla gordo, es insolente, trabaja menos y aspira a la igualdad.  Mesía sugiere que se despida.  El mismo le ofrecerá trabajo n la fonda de huéspedes donde vive.  Mesía y Ana ya tienen relaciones sexuales.  Mesía le cuenta a Ana lo sucedido.  Ana siente asco de su esposo, pues piensa que ella se sacrificó en vano mientras su esposo perseguía a las criadas en su casa.  La constancia fue lo que Ana le había pedido a Álvaro antes de entregarse a él.  Mesía, después de un mes de relaciones con Ana, se siente feliz.  Ana se ha entregado por amor a Mesía.  Piensa en el futuro (PROLEPSIS): morirá, pero decaer en presencia de Ana le parece horroroso (p. 450).  Sería mejor huir o pegarse un tiro.  Ana tenía derecho a una juventud eterna e inagotable.   Antes se amaban en la casa de Vegallana (Ana y Mesía).  Costó mucho convencer a Ana de usar el caserón de los Ozores como «el nido del amor adúltero» (p. 451).  Era necesario contar con el silencio de la criada, Petra.  Mesía enamoró fácilmente a Petra, aunque debiera haber usado dinero, pues no estaba en circunstancias de prodigar.  Pero Petra prefiere hacer el amor con un señorito y asimismo burlarse de su ama, a quien aborrecía por hipócrita, guapetona y orgullosa.  También se venga de don Víctor.   Le gusta tener en sus uñas a Ana (le gusta el poder y el dominio sobre los demás).  Petra también se ha entregado al Magistral para pasar a su servicio, pues las criadas de doña Paula, después de varios años en su servicio, salen bien casadas después.  Quiere ser señorona.  Espía para el Magistral.  A Petra le gusta la intriga.  A quien sirve Petra con más lealtad es a Mesía.  Éste le pagaba con amor, aunque era algo remiso para el pago.  Pero está dispuesta a servir a Fermín después, el que le pagaba con dinero, para avanzar.  Mesía entra por el balcón de Ana todas las noches.  Salía antes de que Víctor despertara para irse de caza con Frígilis.  Aquella tarde de Navidad, Petra fue a la casa del Magistral.   Le cuenta en confesión que Álvaro es el amante de doña Ana.  Fermín piensa que su madre, al meterle por la cabeza una sotana, lo había hecho desgraciado y miserable.  Era un eunuco enamorado.   Su «mujer» (Ana) lo había deshonrado.  Siente el peso de 200 años de religión sobre sus espaldas (p. 464).  Quería matar a Ana y a Mesía.  Petra goza del padecimiento del canónigo.  Petra le dice a Fermín que los amos, por medio de don Álvaro, la han echado de casa.  El Magistral le ofrece la suya.  El 27 de diciembre, Quintanar se despierta antes de las ocho por culpa de un reloj despertador adelantado.  Son las 6:45 AM.  Ve salir del balcón a don Álvaro.  Le apunta con la escopeta pero no dispara.  Desea mata a Ana.  Se da cuenta Quintanar que Petra se ha vengado de él.  Llora como anciano.  No sentía celos.  Amaba más que nunca a Ana, como un padre a una hija.  Tiene que tener un duelo con Mesía.  Así lo exige la sociedad.  Es un marido burlado.   No debiera haber unido su frialdad de viejo distraído y soso a los ardores y a los sueños de la juventud romántica y extremosa de su Ana (p. 484).  Frígilis le pregunta qué tiene.  Víctor llora como un chiquillo y se apoya en el hombro del amigo.
Duelos:

Duelo a muerte con espadas

Duelo a muerte con pistolas

Capítulo 30:
       Llegan Frígilis y Víctor a la casa de Ozores.  Frígilis tiene prisa de dejar a Víctor para avisarle a Mesía que se retire.  Sabe que Álvaro es un cobarde.  Llega el Magistral a casa de don Víctor.  Piensa el Magistral que don Víctor tenía el derecho de vengarse y no tenía el deseo; él tenía el deseo, la necesidad de matar y comer lo muerto, y no tenía el derecho (p. 493).  Era Víctor un cobarde.  Y el Magistral mataría con ganas: «mato porque debo, mato porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre, porque soy fiera» (p. 494).  El Magistral decide valerse de las ideas románticas y caballerescas de don Víctor.  Su lengua será su espada.  Su sotana era su loriga.  Lo insinuará a tomar venganza (pues todo el mundo sabe lo que ha ocurrido), pero aconsejándole la prudencia y el perdón (mensaje mixto).  Aquella tarde no asistieron al casino Mesía, Ronzal, el capitán Bedoya y el coronel Fulgosio.  Foja, el ex-alcalde, piensa que será porque se están buscando padrinos para un inminente duelo.  Un duelo en Vetusta era un acontecimiento extraordinario.  Sólo había habido dos antes, a primera sangre, no a muerte.  El gobernador no quiere oír hablar del asunto.  Habrá un duelo a muerte.  Pero no se encuentran sables ni armas.  Mesía iba a huir a Madrid pero antes de que lo hiciera fue desafiado por don Víctor.  Víctor no quiere matar a Mesía.  Lo herirá en la pierna.  La filosofía y la religión triunfaban en el ánimo de don Víctor.  Estaba decidido a no matar (p. 517).  Veinte y cinco pasos.  Quintanar quema el pantalón ajustado del petimetre Mesía.  Mesía dispara a Víctor.  Le hiere en la vejiga, que estaba llena.  Álvaro huye a Madrid.  Frígilis llora a solas en la oscuridad.  Se le oculta la verdad a Ana.  Recibe carta de Álvaro.  Ana se da cuenta de la pequeñez de don Álvaro.   Nadie visita a Ana.  Es aislada, la hija de la bailarina italiana (p. 527).  Vetusta está escandalizada, horrorizada.  Obdulia Fandiño decía: «¿Ven ustedes? Todas somos iguales» (p. 525).  Frígilis apoya a Ana.  En octubre va Ana a la iglesia a confesarse.  El Magistral la ignora.   La agarra del cuello.  Ana cae de bruces sobre el pavimento de mármol blanco y negro.  Cayó sin sentido.  La catedral estaba sola.  Celedonio, el acólito afeminado, con lasciva y para gozar de un placer extraño, le besa los labios a la Regenta con su rostro asqueroso.  Ana siente náusea: «Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo» (p. 537).

Fin


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A. Robert Lauer

29 de agosto de 2018